Zarpando de mi

 Renacer duele, le dije. 


En mi espalda llevaba un equipaje lleno
de miedos, de tristezas, de dolores, de rabias,
también de problemas ajenos,

y cada día mi cuerpo se encorvaba un poco más,
se había convertido en un lugar inhabitable,
en el lugar en el que no quería estar,
ya no era mi casa,
ni mi lugar seguro,
ya no me amaba, me repetía constantemente
"me odio, me odio"


En cada recoveco de mi ser estaba el silencio
al que siempre le tuve miedo,
al de la soledad, porque ni mi voz se escuchaba,
yo también me había ido de mi.
Mis latidos ya no eran míos,
mi piel era un cuero que me molestaba
¿ahora qué hago si no soporto más estar en mi?
Ya no me gustaba sentir los abrazos de otros,
ni ver sus sonrisas, escuchar sus consejos,
no quise volver a salir a encontrar otras almas,
podría asegurar que yo ya no estaba habitando este plano.

Cada día me iba un poco más,
es que, todos los días sentía cómo me moría,
yo no sabía cómo salvarme,
había agotado todas mis opciones de volver a ser feliz,
cada minúscula cosa que me sucedía se convertía en una pesadilla
que sumaba en mi agenda mental de tragedias,
para motivarme más a irme de aquí.
¿Por qué seguir, si ya no encuentro de dónde sostenerme?
¿Para que insistir, si la felicidad huyó de mi?

El viento sopló mucho más fuerte entonces
y fue cuando el huracán verdaderamente llegó.
¡Ay, Oriana, creías que ya era suficiente!
Fue justo ese momento, cuando pensaba que no podría soportar más,
cuando la tempestad, el huracán, el maremoto, los terremotos
y todas las catástrofes naturales llegaron a mi.
Sentí no poder respirar más,
¿Alguien me podrá escuchar si ya no puedo ni gritar?
No quería pedir ayuda, no sabía cómo contarle a mamá
que había fracasado, que había perdido una batalla en silencio.
Pero fue ahí cuando una fuerza que desconocía en mi surgió
y me ayudó a sostenerme, a aguantar y a recibir el mal momento de frente.


Seguramente este fue el llamado para renacer,
Y renacer cómo duele.

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